Aunque en el mapa no se ven muy bien las ciudades (a pesar de haberme
pasado un rato haciéndolo), intentaré suplirlo con mis comentarios
Salgo en bus de Grodno dirección Druskininkai, el primer pueblo Lituano pasada la frontera. Tardamos dos y media en hacer 30km. Por el paso de frontera, donde parece que analicen los pasaportes en laboratorio. Tanto la policía bielorrusa como la lituana se toman casi una hora. En el bus sospecho que estoy rodeado de pequeños contrabandistas que comercian con productos que no son accesibles en Bielorrusia. Es una buena métafora de la situación política regional: muy cerca geográficamente pero muy lejos políticamente.
Una vez en Druskininkai, no hay sitio para cambiar dinero, y no me parece muy razonable, ya que es el primer pueblo tras pasar la frontera. Cuando encuentro una persona que habla inglés, me dice que de haber sería en la ciudad, pero que estará cerrado porque hoy es fiesta nacional. Sin dinero no puedo ir a Vilnius ni volver a Grodno. Encuentro una chaval que escucha mi problema y me lleva en coche hasta un cajero automático, donde hago uso de esa cosa tan útil (comisiones a parte) que es la VISA.
Tres horas más tarde llego a Vilnius (por cierto en español se dice Vilna pero a mí me suena muy snob). Después de asegurarme de que efectivamente estoy en la ciudad deseada, compro un plano, me meto en un ciber para ponerme comunicarme con mis contactos de Hospitality Club y… ¿Quién no ha confundido Lituania y Letonia alguna vez? Pues yo no fui menos y por un lapsus resulta que mis reservas de Hospitality Club estaban en Riga, Letonia. No pasa nada, atravieso las hordas de turistas europeos que abarrotan el centro histórico, me meto a un cyber y tras unos SMS’s y unos emails consigo alojamiento. No es difícil porque en Vilnius hay la friolera de cinco mil miembros de Hospitality Club!
Al final Simonas, un profesor de inglés pluriempleado, se ofrece a ayudarme: tomo un taxi para ir a su casa porque estoy cansado y está lejos, parece que él tiene prisa y además después de Bielorrusia estoy muy mal acostumbrado a los taxis baratos. El taxi no es nada barato –luego os cuento por qué– pero llego enseguida, pulso el código de la puerta, que Simonas me había mandado por sms, y subo hasta la sexta planta (en estos casos siempre resulta ser el último piso). Simonas es encantador y la casa está muy bien. Tiene 31 años, es profesor de inglés, máster en literatura americana y trabaja además en una compañía electrica (”se necesitan dos trabajos para vivir decentemente en Lituana”). Vive con Helene, su novía de 23 años, licenciada de filología francesa, con unos ojos preciosos.
Lo primero que hacemos es ir a comprar. La visita al súper es como un rally. Debo decidir que cereales quiero inmediatamente. Casi no he dormido y pregunto a Simonas porqe corre tanto. No me deja nada claro, pero debemos seguir apresurándonos. Duermo una hora mientras el trabaja en una traducción. Tomamos una cerveza y tenemos una conversación interesante. No sabía que el lituano era la lengua indoeuropea más próxima al sánscrito ni que Prusia fue originalmente un pueblo báltico, cuyo nombre fue usurpado por los alemanes que ocuparo su espacio geográfico. Los caballeros teutones cristianizaron las tierras del sur y este del Báltico mientras se apropiaban del territorio en La Edad Media.
Al día siguiente despierto y encuentro a Helène. Ella ha tenido un problema con el sistema nervioso (no había podido mover la parte derecha del cuerpo ayer) y está algo decaída. Yo arrastro un buen catarro. Me cocina una tortilla de cinco huevos. Busco en Internet otro anfitrión por Hospitality Club “unos rusos” vendrán con sus bicicletas en su ruta báltica.
Luego ambos dormimos hasta las cuatro. Simonas regresa y vamos en bici hasta un lago. Hay muchas cuestas pero al final me encuentro cómodo en la bici (debe recordarse que arrastro un catarro). El sitio es hermoso y la traducción de su nombre lituano es “Lago Verde”.
Al volver llegan los anunciados rusos con las bicis por Hospitality Club que resultan ser una madre y sus dos hijas. La mayor tiene 20 años aunque aparenta muchos menos y Simonas vacila si ofrecerle cerveza o no.
A las 8 estoy citado con mi nuevo anfitrión, anfitriona en este caso. Se llama Indra “como una deidad india” y no como la empresa española de armamento. Al principio para algo incómoda y me ofrece ir a tomar una cerveza antes de pasar por casa (¿querrá asegurarse primero de no estar metiendo a un psicópata en su hogar?).
Tomamos una cerveza en una terraza en un barrio bohemio y me cuenta una parte de su vida. Se presenta como folósofa y me cuenta que además de licenciada tiene un máster también en filosofía. Traduce textos de filosofía del inglés y trabaja en la investigación biomédica y “sus problemas éticos”. Acaba de llegar de Marruecos y no puede evitar hablar del tema; se nota que aún está embriada de aquél país “el mejor país del mundo”. Con la segunda cerveza se le va alegrando la cara. Somos los últimos clientes en marcharnos. Con cierta despreocupación chispeante se olvida el tabaco y me toma del brazo. “No sé si quedan autobuses pero ya nos las arreglaremos…” A mí el plan me parece muy bien y andamos por Vilnius durante un rato. No sé a donde vamos ni cómo llegaremos a casa, ni como es esa casa ni donde está; pero ello no me impide disfrutar del momento.
Finalmente llegamos a su casa que comparte con un chico, que no me queda muy claro si es su novio o no. En todo caso, el tipo, llamado Vilius (casi como la ciudad), nos recibe con la mesa preparada. Él también es licenciado en filosofía y también traduce. Me intentan convencer de que ellos normalmente duermen sobre el suelo y que a mí me corresponde la cama. En circunstancias normales no lo hubiera creído, pero intuyo que estos filósofos duermen cada día sobre el suelo.
Indra queda con unos amigos y Vilius enseña la ciudad. Luego de un rato de turismo nos encontramos con Indra y vamos a tomar unos “Zeppelines” (comida típica lituana) a un restaurante del centro. Nos sentamos y nos dicen que se les han acabado zeppelines; ipso facto los dos se levantantan y nos vamos a otro que sí tiene. La ciudad es bonita aunque no hice demasiadas fotos.
Estatua en Vilnius

Casa ocupada muy chic
El día siguiente Indra y yo vamos a casa de Simonas, donde esta vez es un italiano muy viajado por el mundo el que tiene como huésped. Charlamos un rato viendo fotos del viaje de Simonas a Escandinavia en bici y luego nos vamos de parranda como se aprecia en la foto.

“Vilneando”
Ieva, mi última anfitriona no me ha entendido bien; he tenido que salir de casa con ella cuando salía al trabajo, lo que no habría sudo tan malo si no fuera por la lluvía que caía sobre Vilnius. Además me ha indicado mal y he dado un rodeo para enconar un ciber que además estaa cerrado. Después de casi media hora andando bajo lluvía (me acuerdo del del paraguas olvidado en Grodno), he llegado a la estación de buses: no hay autobuses a Riga hasta las 13:30, dentro de tres horas y media: estoy solo y mojado. La dependienta de Eurolines me indica donde hay Internet; voy y no lo encuentro; salgo de la estación (lloviendo) siguiendo de forma creativa sus indicaciones y nada. Pregunto y tampoco.
Mientras escribo esto estoy siendo observado por la mesa de enfrente en la cafetería de la estación. Dos chicas y un chico (con la cabeza rapada), que beben cerveza (kein Bier vor vier?) y comen cacahuetes. Las chicas solo me mandaban alguna miradita, pero cuando me he puesto la cinta en la cabeza no han podido disimular. ¿Tan raro es? Ahora miran mi mochila con curiosidad. Supongo que cuando vean la PDA con que escribo esto, me recordarán como la cosa más extravagante que nunca hayan visto.
Llego a Riga una hora antes de lo esperado y es que en la ventanilla me habían dicho que tardaba 4 ó 5 horas, q por supuesto yo interpreté como 5.
Inga de Hospitality Club me viene a recoger y me sorprende cuando me cuenta que ella y Aiga estuvieron con Tomás en Zaragoza… No me lo esperaba porque el contacto me lo había dado Marta de Varsovia. La casa es antigua pero muy grande y además podré tener la habitación de Aiga para mí solo.